sábado, 18 de junio de 2011

Clase de japonés.


Thomson habla
de la composición del té.
En el aula de enfrente,
Alicia dice de no caer en lugares comunes,
no caer en lugares comunes,
no caer.
Si sensei,
core wa cokuban desu
hai sensei, wakarimasu.
Y pensar que Cerati está en un hospital,
y Menem jugando al golf.
Me pongo en automático,
participo en una conversación
sobre el crecimiento del bambú.
Pienso en que dirías vos
de mi clase de japonés,
pienso en que ya no te voy a poder mostrar
este poema, ni ningún otro.
Pienso en vos.
Seguro la panadería
ya va a estar cerrada
cuando yo llegue.
Sí sensei, sí, perdón.
Ahora  Nishihama  dice que en japonés
amor se dice –ai-.
No hay caso,
en cualquier parte del mundo
estamos jodidos,
en japonés también
amor se dice ai.

Hasta agotar stock


Hay que impedir que juegues para el enemigo”
                                                                                    ( L.A.Spinetta)
Me rebelo
            contra el vino frizze
contra las yerbas saborizadas
contra el té chino del Dr.  Ming
contra la harina de trigo enriquecida según ley 25630
contra los que se rebelan sin causa
contra las causas de los que se rebelan con causa
contra los after, los pre,
los post, los fast, los express
Me rebelo
contra el delivery crónico,
contra “ tomate una aspirina y se te pasa”
contra el “sólo por hoy”
contra la larga vida del tomate
contra la sopa que adopta forma geométrica de cubito
contra la comida de astronauta
contra los san, el zen
lo sin sal, los no sé
contra los que dicen “ ¿y vos…qué sos?
contra las mujeres telarañas
contra los hombres cascarudos
contra los lunes a la mañana sin vos
contra las malas lenguas
contra las buenas palabras
Me rebelo
contra el nombre del padre,
del hijo,
del espíritu santo.
Amén.


Imagen: Tute ( http://tuteblog.blogspot.com/)


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Que no, le dije
Que cuando alguien se va por las ramas es porque se olvida de sus raíces, y que después el árbol se seca y no hay primavera ni milagro que lo haga rebrotar.
Que sí, me dijo
Que sumemos el dulce y la manteca; los amaneceres vistos desde el primer asiento de un micro; las caricias del café con leche; el refugio de quedarnos a solas a la hora en que los amigos vuelven a sus escondites y la ropa revuelta en el piso.
Que sí, me dijo, que más por más daba más.
Entonces yo teoricé y enfaticé y apelé a la jurisprudencia que tanto mal hace en esos casos y grité “objeción mi señoría” y llamé al estrado a esos jueves fríos y llorosos
Entonces ella refutó que no valía apelar a la retórica y que se trataba de sentir o no sentir, de las mariposas o los murciélagos, de las bocas de incendio o de los labios de escarcha, del amor en las manos como un signo de admiración o uno de pregunta.
No le dije, no sabía qué, no podía.
No le dije nada.
Me miró, agarro mis brazos y los puso en su espalda, calzó su cabeza en mi hombro y me dijo al oído si las cosquillas, si los juegos de palabra, si recorrerme entera como si yo fuera una pista de aterrizaje y ella un avión a punto de despegar.
Miré el techo.
Mirá el techo, le dije, el cielo raso hace estragos con las turbinas y además, hay exceso de equipaje 
Y fijé la mirada en los fantasmas que nos espiaban desde atrás de la cortina.
No dijo, no supo qué, se le inundaron los ojos de palabras saladas.
Necesito aire - Le dije.
Y entonces ella me dejo volar