martes, 18 de diciembre de 2012
Fuera del área de cobertura
Si me cruzás por la calle
es útil que sepas varias cosas.
No soy buena
para que me muestres la altura de tu enano facho
ni la inmadurez de tu pensamiento adulto
ni la mentira de tu verdad absoluta.
No te sirvo
para que le hagas espejito rebotín de queja
a la verdulera
y me digas a mí lo caro que están los zapallitos.
No me hace falta que me recuerdes
cuánto está tardando el colectivo
lo mal que anda el tren todos los días
lo inseguro de la inseguridad .
No me suma saber tu postura
pro anti
nada.
No estoy preparada
para ser la esponja residual
de tu queja no resuelta.
Prefiero que me cuentes
cuál es tu Les Luthier favorito
cómo se llamaba tu primer perro
qué sentiste cuando te diste cuenta
que el ratón Perez no existía
y la estabilidad tampoco.
Qué árbol había en la puerta de tu casa,
cuando fue la última vez que te trepaste a uno.
Para qué te tomás el colectivo
qué hay esperándote
y si de verdad vale la pena tanta queja
de correr bajo la lluvia
como si hubiera algún refugio al que llegar.
Dibujo: http://severinin.es/
Dibujo: http://severinin.es/
martes, 27 de noviembre de 2012
Crisis es oportunidad
Que el fin del mundo nos salve
de la soja de Monsanto
de ser la oveja blanca
de los testigos de Jehová los domingos a las nueve de la mañana
de los testigos de cualquier cosa
que hablan como si fueran los protagonistas
de la enfermedad de la tele prendida de fondo
para no tocar fondo
de reproducir la escena de Tiempos Modernos
y ser autómatas yendo a un trabajo
de que no haya más canciones de Spinetta
más poemas de Cortázar
más obras de Peña.
Que el fin del mundo nos salve
de olvidarnos los cumpleaños
de olvidarnos lo importante
que no es más que vivir y dejar vivir.
Que el fin del mundo nos salve
de ver Titanic por sexta vez
un sábado a la tarde en canal trece
de leer a Bucay porque está en oferta
de ir a la verdulería y que no haya ninguna palta madura
de que todas las hamacas de la plaza estén ocupadas.
Que el fin del mundo nos resguarde
de todo lo que nos guardamos,
de subir al colectivo y ser el único que va parado
de posponer la felicidad como si fuera la alarma del despertador.
Que vengan los mayas, los aztecas, los incas
los griegos , los piratas, las sirenas
y que nos salven
de los que creen que todo es abstracto
de los que creen que todo es concreto
de los paraísos
de los cuerdos
de los impermeables
de los metrosexuales
de las metrosexuales
de los que creen que la femineidad
se mide en centímetros de taco.
Que venga el apocalipsis
y nos ponga contra un gran espejo
solitos con nuestra alma
hasta entender que el fin del mundo
está adentro nuestro
y no es más que ese amigo invisible
que se transforma en lo que nosotros queramos que sea.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
El único remedio es no tener cura
Pero un día te levantás y te das cuenta de que el árbol es tan grande,
que no podés ver el bosque.
Al principio te desesperás, por las claras limitaciones que esto
provoca.
Te ametrallás a preguntas del estilo : ¿Qué hay después del árbol? ¿Qué
constelaciones de ramas me estoy perdiendo? ¿Cómo consigo un lago donde hacer
agua o pinos que me den descanso?
Te cae la ficha, como unl venenito en la cabeza: Sabés que la única opción
es mirar fijo y agudo el árbol.
En el bosque pierde identidad y se funde y confunde entre tanto verde. Ahora
toca lo otro, reconocer cada una de sus formas, saberlo jacarandá un día,
cactus al día siguiente, paraíso al otro día y así sucesivamente en un sin fin
de formas mutantes.
El árbol no te deja ver el bosque y por algo está el árbol ahí y vos ahí
parado tan enfrente haciendo un zoom inevitable.
Sabés que el bosque existe, que viene después pero que ahora no está y
pensarlo ahora es tan inútil como pensar en Papa Noel a mediados de agosto.
Ahora estás vos y él en pleno combate de amorío, cara a rama, cuerpo a
tronco.
Ese árbol también es el bosque entero.
Lo abarcás de todas las maneras posibles.
Te armás la casita que te prometiste cuando eras chico, le colgás una
rueda para hamacar por un rato la pena de creerte perdido, le tallás ese nombre
que repetís hasta en sueños , lo mirás fijo y mientras, el zoom que no para.
Te da miedo y te metés por el huequito que ves entrar a las hormigas
para esconderte hasta que te cansás de la oscuridad y te trepás a la rama más
alta a ver el atardecer que es casi lo único en lo que crees.
Te derretís al sol, elegís ser del estado más líquido posible para
filtrarte por las raíces , donde sabés que confluye el bosque y tenés la
humedad para no deshidratarte.
Te fundís con el árbol hasta desintegrarte, no distinguís hasta dónde te
crecieron los brazos de tanto cavar.
Por fin estás del otro lado , y al rato del descanso ves aparecer una
fila interminable, sabés que viene otro árbol y otro y otro, pero que focalizar
en cada uno es la única manera de ampliar el horizonte.
lunes, 8 de octubre de 2012
Mecanismo lunar
De chiquito te dijeron que
no te gustaba mojarte, que tenías que usar paraguas, porque si te mojás la ropa
pesa más, y llegar y colgar todo, y las zapatillas que no se terminan de secar
nunca además andar con el pelo mojado y el frío y que después parecés un
infeliz.
Así que entendiste que no te tenía gustar mojarte y el paraguas se convirtió en un elemento imprescindible de tu v
Así que entendiste que no te tenía gustar mojarte y el paraguas se convirtió en un elemento imprescindible de tu v
ida.
Tanto que siempre tenés a tu mamá/papá/responsable y/o tutor a cargo que te grita cuando estás por abrir la puerta para ir a jugar: “ no te olvides el paraguas”.
Un día llueve y tenés el paraguas encima. Llegás a la estación y ya lo tenés tan incorporado como si fuera una extensión de tu brazo, que ni siquiera percibís que está el techito del andén y que no necesitás cubrirte de nada, porque hay el oxigeno suficiente para que respires sin que la lluvia te invada y te convierta en pez, porque un poco de miedo te da eso: las branquias no quedan bien y no sabés si te combinan con la ropa.
Pero vos no lo notás, no notás el techito, no notás que ya no hay por qué defenderse de la lluvia que tan fiel a la ley de gravedad cae insistentemente sobre la vida de todos.
Y así pasa el tiempo, y vos en el andén y hasta a veces te tomás el mismísimo tren con el paraguas, porque ya no sabés bien si está abierto o cerrado, eso en los casos en los que más atención pongas, porque a veces ya ni siquiera sabés si tenés el paraguas o no.
Un buen día (que vos en principio, creías que no era tan bueno) te roban el paraguas, te queda toda una jornada andando por la calle, por eso rogás a cada paso, que no se largue a llover, y soplás despacito sin que nadie lo note (porque otro miedo que tenés además del de convertirte en pez, es que la gente piense que estás loco) y le prometés ofrendas y caminatas a Lujan al dios del tiempo.
Pero el cielo no te hace caso y se llueve todo y parece que lloviera peor (o mejor) que nunca, el agua dañando cada micropartícula de la ciudad, porque de tanto que te defendiste de la lluvia toda la vida, pensás que la lluvia no baña, daña.
Te mojás, todo te mojás, diez segundos y la película seca que contabas antes no la podés contar más, tu invulnerabilidad se permeabilizó.
Los primeros cinco minutos estás molesto por la sensación rara, eso que vos no elegiste y te cayó del cielo, como maldición.
Pero hay un momento en que algo (puede ser esa parejita que viste caminando de la mano riéndose, o la nena que saltaba feliz de charco o en charco, o el recuerdo de tu perro metiéndose al mar) giró el picaporte y decidiste entrar en la lluvia, entregarte a estar empapado.
Y comprobaste por vos mismo, que no estaba tan mal mojarse, que si aplaudías debajo de la lluvia, las gotitas salpicaban de tus manos y si agitabas las ramas de los árboles tenías una nube personalizada.
Que no estaba nada mal convertirse en pez, y andar boqueando entre la coreografía uniforme de paraguas-escudo, y que las branquias combinaban, porque las branquias siempre combinan.
Que cuando te dejaste de defender de lo que cayó del cielo como maldición, se transformó en bendición.
Ese día lo supiste,desde ese momento la industria de los paraguas iba a contar con un cliente menos.
Tanto que siempre tenés a tu mamá/papá/responsable y/o tutor a cargo que te grita cuando estás por abrir la puerta para ir a jugar: “ no te olvides el paraguas”.
Un día llueve y tenés el paraguas encima. Llegás a la estación y ya lo tenés tan incorporado como si fuera una extensión de tu brazo, que ni siquiera percibís que está el techito del andén y que no necesitás cubrirte de nada, porque hay el oxigeno suficiente para que respires sin que la lluvia te invada y te convierta en pez, porque un poco de miedo te da eso: las branquias no quedan bien y no sabés si te combinan con la ropa.
Pero vos no lo notás, no notás el techito, no notás que ya no hay por qué defenderse de la lluvia que tan fiel a la ley de gravedad cae insistentemente sobre la vida de todos.
Y así pasa el tiempo, y vos en el andén y hasta a veces te tomás el mismísimo tren con el paraguas, porque ya no sabés bien si está abierto o cerrado, eso en los casos en los que más atención pongas, porque a veces ya ni siquiera sabés si tenés el paraguas o no.
Un buen día (que vos en principio, creías que no era tan bueno) te roban el paraguas, te queda toda una jornada andando por la calle, por eso rogás a cada paso, que no se largue a llover, y soplás despacito sin que nadie lo note (porque otro miedo que tenés además del de convertirte en pez, es que la gente piense que estás loco) y le prometés ofrendas y caminatas a Lujan al dios del tiempo.
Pero el cielo no te hace caso y se llueve todo y parece que lloviera peor (o mejor) que nunca, el agua dañando cada micropartícula de la ciudad, porque de tanto que te defendiste de la lluvia toda la vida, pensás que la lluvia no baña, daña.
Te mojás, todo te mojás, diez segundos y la película seca que contabas antes no la podés contar más, tu invulnerabilidad se permeabilizó.
Los primeros cinco minutos estás molesto por la sensación rara, eso que vos no elegiste y te cayó del cielo, como maldición.
Pero hay un momento en que algo (puede ser esa parejita que viste caminando de la mano riéndose, o la nena que saltaba feliz de charco o en charco, o el recuerdo de tu perro metiéndose al mar) giró el picaporte y decidiste entrar en la lluvia, entregarte a estar empapado.
Y comprobaste por vos mismo, que no estaba tan mal mojarse, que si aplaudías debajo de la lluvia, las gotitas salpicaban de tus manos y si agitabas las ramas de los árboles tenías una nube personalizada.
Que no estaba nada mal convertirse en pez, y andar boqueando entre la coreografía uniforme de paraguas-escudo, y que las branquias combinaban, porque las branquias siempre combinan.
Que cuando te dejaste de defender de lo que cayó del cielo como maldición, se transformó en bendición.
Ese día lo supiste,desde ese momento la industria de los paraguas iba a contar con un cliente menos.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Tratamiento de esperanzas
“Yo también fui una pera blandita golpeándose y machucándose en una bolsa de
frutas duras a la salida de la
verdulería y a mí me hubiera gustado que una mano me sacara de ahí y me llevara
con cuidado por el camino”
Me decías eso mientras caminábamos por Rosetti y le hacías una cunita a
la pera.
Ahí entendí como se ejercía minuciosamente el pacto de -amar cuidar- que
una vez dibujamos en el viento. Que el amor no es sólo globo en el aire, sino
también, pies en el suelo, es que se elija lo real y que parezca de película, es
la paradoja del dos en uno
sin dejar de ser uno shampoo y el otro crema enjuague.
Es mano en cunita para pera
machucada.
Es todo lo que nos costó estar en esa bolsa. Es construir desde los escombros de los efímeros castillos
de arena, monoambientes que, aunque sean chiquitos como una nuez,
estén en tierra firme.
Yo también fui esa pera, te digo mientras llegamos a la puerta y saco
con una sola mano la llave del bolso, porque
con la otra me aferro a vos que sos mucho más casa.
lunes, 20 de agosto de 2012
Síntomas
A Bego.
Inestabilidad en las
piernas.
Ataques de
narcisismo
por escuchar tu nombre en
su voz,
por ver tus ojos cuando
ella se refleja ahí.
Le das la razón a Einstein
y su teoría de la relatividad del tiempo
cuando seis horas parecen
seis minutos
y una semana, un mes de
vacaciones.
Tus amigas te dicen que
estás más mística que nunca.
Te encontrás por la calle
cantando
"me sube la
bilirrubina" de Juan Luis Guerra.
Si ella está ahí
los bizcochitos
azucarados
te parecen más azucarados,
los juegos de mesa que
antes te aburrían
ahora te divierten,
te tomás los primeros
mates fuertes
porque sabés que a ella le
gustan los lavados.
Cuestionás las ciencias
pensando
que el sol no sale más por
el este
sino por su pecho
y que el infinito cabe en
sus ojos.
La vida se vuelve un pase
de magia
en el que el abracadabra
sólo funciona si es a dos voces.
No podés escribir otras
cosas que no sean cursis como ésta
y no te importa ser cursi.
No, no estoy perdidamente enamorada
de ella.
Estoy encontradamente
enamorada de ella.
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